[CIUDAD]: Una espera de 11 horas, la odisea del primer vuelo Coruña-Madrid

Los más de cien coruñeses que esperaban llegar a Madrid a las 18.30 de la tarde tuvieron que aguardar hasta las 3 de la madrugada para volver a sus casas. La cancelación y reprogramación de vuelos junto al temporal Filomena, ha convertido a estos viajeros en protagonistas de una auténtica odisea con un único objetivo: poder abandonar el aeropuerto. El caos reinante y la falta de coordinación por parte de la compañía Iberia crearon verdaderas «escenas de tensión» en el primer vuelo de toda esta semana.


El día había empezado del modo como suelen empezar los días de vuelo: continuas vueltas sobre el equipaje, miradas incesantes sobre el reloj y un deseo de que todo transcurriese con normalidad. Pero un resto de intranquilidad recorría la cabeza de nuestro testigo, que tan amablemente ha relatado para El Momento todo lo ocurrido. Su vida humana, durante once horas, se convertiría en un verdadero dolor, un verdadero infierno. Iberia sería la encargada de atravesar hasta el fin último de su corazón la desesperación de quien ha sido abandonado en un aeropuerto, un tremendo sufrimiento por el que hay que pagar. Y de este modo, podemos pensar que la clama y amistad de este grupo de coruñeses no fue siempre la misma, se lo contamos:

Las pantallas del aeropuerto ya anunciaban a las cuatro de la tarde el primer varapalo para la expedición, una hora y media de retraso. Hora y media que, traducido al lenguaje aeroportuario, no significó más que «esperen otras dos horas para embarcar». Al fin fue posible, el embarque se hacía realidad tres horas más tarde de lo previsto. Sin embargo, los viajeros tuvieron que esperar otras dos horas más dentro del avión, en plena crisis epidemiológica, sin ventilación, sin distancia, sin ningún tipo de medidas. Una hora antes de que los motores comenzasen a sonar, varios viajeros ya habían abandonado el aeroplano. Finalmente, pudieron despegar a las once de la noche y comenzaron a volar en medio de la oscuridad -las bombillas de la cabina apenas alumbraban- y, de repente, empezó a calmarse la tensión que se había apoderado de todos los pasajeros.

Comenzaron a descender, debajo de ellos, toda la longitud de una metrópolis como Madrid junto a miles de luces y edificios adornados de blanco. Daba la impresión de que allí, abajo, se estaban mezclando los ingredientes para un pastel: la luz naranja del huevo y la blanquecina harina. A medida que descendían y cuando el avión dio con sus ruedas contra el cemento de la pista, todos los miedos volvieron a resurgir: la pasarela no funcionaba. Volvieron a esperar. Una hora más tarde fueron, en grupo, al centro del aeropuerto, a través de unos pasillos llenos de movimiento y de gente. El bullicio, el ajetreo y el frío actuaban como una pesada losa que aplastaba poco a poco a nuestros cansados vecinos que veían como sus maletas no aparecían. Pidieron explicaciones a las dos únicas personas que atendían todo el aeropuerto. No hubo respuesta, pues nada importa para un aeropuerto como Barajas, cien viajeros son minúsculos, son prescindibles. En realidad, decir que no a todo era el único objetivo de aquellos operarios: dar respuestas difusas a los viajeros era su cometido, porque sabía que la posibilidad de dar con una solución era casi nula.

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Las maleta no aparecían, mientras que todos los vuelos que estaban llegando podían recuperar su equipaje. A Coruña ya no existía para aquella gran esfera de metal y cristal. Pasaron las horas, los viajeros se quedaron solos, sin saber que hacer. «Llegó una mujer con un militar y nos dijo que fuésemos todos juntos a reclamar», y allí fueron. Entraron por el lado izquierdo de una inmensa cola de extranjeros que reclamaban una respuesta a sus viajes cancelados. Se pusieron delante y comenzaron a exigir empedernidamente una solución: no la hubo. Tuvo que pasar una hora más para que un Guardia Civil diese respuesta a lo ocurrido: habían olvidado las maletas en la bodega del avión. A las tres de la mañana las cintas comenzaron a rodar. Nadie se lo podía creer, eran libres.

Redacción.


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