OPINIÓN


La política municipal me adormece, y esta somnolencia proyecta su sombra sobre todo lo que pienso, por encima de mis designios y evocaciones, entre palabras y nombres, sobre lo que escribo y lo que escribiré, convirtiendo al “municipalismo” en un asunto baladí en cualquier texto de mi puño y letra. Pero cuando miré los libros de mi estantería, todo se transformó y, poco a poco, emanó de un libro que allí estaba colocado una idea.

Los más ávidos lectores se acordarán de la novela de Tolstoi, La muerte de Iván Ilich. El bueno de Ilich creía que nunca moriría hasta que llegó su funeral. Él revivió cuando miré a la estantería y a su portada, pero también me acordé de que el PP de A Coruña presentó ayer una enmienda “para que el reglamento de las escuelas infantiles se ajuste a la legalidad” y no se utilice el gallego como lengua vehicular. Entonces decidí abandonar mis credos y dedicar unos pocos caracteres a la desdichada política municipal.

Si nos detenemos unos segundos a valorar la salud de mi lengua materna, o de la que quizás sea la suya -el gallego-, enseguida nos percatamos de que corre un grave riesgo. En Europa ningún político osaría, por ejemplo, reprimir por usar la lengua de su país. Aquí pasa todo lo contrario. Bajo el omnipresente argumento de legalidad y más “bla bla blas”, acuchillamos nuestra lengua. Y, mientras lo hacemos, mentimos; porque la mentira atrae al mentiroso tanto como engaña al mentido pues, como decía Charles Baudelaire, “tu mentira me embriaga, y mi alma se abreva”.

Ivan Ilich un día murió mientras creía que eso nunca ocurriría. Al igual que el PP de nuestra ciudad, que piensa que el gallego nunca morirá mientras lo pone en serio riesgo. Yo, como gallego y coruñés, daría marcha atrás.


Las generaciones son abstractas, atrayentes y sugestivas: las generaciones se suceden y cada una es portadora de un estilo y una posición ante la vida. Nos referimos en este caso a la segunda generación del segundo milenio, la generación de número capicúa, que cumple este año su ansiada mayoría de edad mientras la mayor crisis sanitaria de los últimos 50 años la ha dejado aislada en su  casa. 


Es una generación rebelde, al igual que lo han sido todas. Pero esto de la rebeldía de la juventud es algo que se muerde la cola. Siempre hay un rebelde contemplativo y negativo, y otro luchador y positivo. Detrás de una “generación perdida” hay una “generación encontrada”. Esto es, precisamente, lo que sucedía en el París de los años veinte, con Hemingway de protagonista y Gertrude Stein, en la calle de las Fleurs, como notaria impasible. Ellos también tuvieron que sufrir el aislamiento provocado por una de las pandemias más mortíferas de la historia: la gripe española de 1918. 

Esbozar a una juventud es complicado, porque ellos son su contexto y características, y los demás somos el nuestro. Pero si me permiten la expresión, es una generación rápida y que reprocha, su savia regeneradora corre por todas partes y lo inunda todo. Me siento solidario con ella porque todos hemos tenido nuestro momento y ellos se van a quedar sin el suyo, sin el año más importante de su vida. La selectividad, la carrera, poder salir de fiesta, votar, ser adultos… todo se tiene que dejar de lado estos días, o estos meses. De este modo se consuma algo que hace semanas parecería ser increíble: la juventud va a tener que prescindir de su eterna rebeldía y su poderoso ímpetu para, en la época de la seguridad, vivir aislada en su casa. Un terrible virus ha decidido que esta debe ser  la generación maldita. 

Porque los jóvenes del 2002 ya  no viven al margen de todas las crisis y los problemas que oprimen al corazón pero a la vez lo ensanchan. Han dejado de estar ovillados en la seguridad, las posesiones y las comodidades para enfrentarse, conmovidos por perder su año, ante esta crisis. Ni siquiera en sus noches más negras podían soñar hasta qué punto el mundo globalizado es peligroso, pero tampoco cuánta fuerza tiene para vencer peligros y superar pruebas. Ellos, víctimas y, sin embargo, también servidores voluntarios para frenar el coronavirus. Ellos, para los que celebrar los 18 se convertirá en una leyenda y votar en un sueño fraternal, han sentido el dolor de un polo a otro y el escalofrío de las cosas eternamente nuevas hasta la última fibra de su ser. 

Pero ante esto debemos recordar: llevemos y ansiemos la vida hasta la última brecha, contra cualquier irrupción del destino. 

Puntuación: 4.5 de 5.