OPINIÓN

Es desmotivante, dicen los vecinos picheleiros, ver cómo se les va de las manos la oportunidad de vivir en el lugar que por décadas se les prometió. Lo que siempre pareció la ocasión de Galicia no es más que la degradación turística que, por naturaleza, todo santuario de chanclas y mochilas acaba sufriendo. Hoy, el peregrino azuzado por nuestro fugaz Presidente camina por Santiago sin pedir perdón ni permiso, sin ser consciente de que con su llegada al Obradoiro está recibiendo el premio más alto a su fe y entrega. Hoy, no es el sepulcro del Apóstol el reclamo para el viajero, sino la intención de encontrar algún tipo de espiritualidad vanal tan sofisticada como un libro de autoayuda barato. Mientras que, a cada paso, el peregrino rompe sus páginas y a todos los que estamos escritos en ellas. 

El Camino, esa supuesta fuente interminable de cultura y riqueza, siempre presente en cualquier palabra de Alfonso Rueda, el eterno Oberst-Gruppenführer del Xacobeo, parece que ya ha dejado de contentar a todos. Santiago es un parque temático vendido a trozos para que personas que nunca han probado «carne ao caldeiro» o «viño en cuna» piensen que salir caminando de Sarria es hacer “la aventura de su vida”. Son pocos los caminantes a Compostela que al cruzar los umbrales de Pedrafita se dan cuenta de que pisan la Tierra donde Dios dejó reposar su mano. Pocos los que, en el acento de la lengua, en el canto de Rosalía, perciben la fragancia inmortal de la generosidad de esta tierra. La vieja ruta que hacía del mundo un lugar pequeño y, en alguna medida, servía para comprenderlo, no es más que un nuevo Barrio Rojo de mochilas Quechua, un a degradación del concepto de Galicia. El problema ya ha entrado de lleno, tanto, que la Xunta ha hecho de ello su propia filosofía. Como he escuchado en otros contextos, que meta Rueda a los peregrinos en su casa. 


Nos relatos de Castelao abundan os personaxes desprezables que parecen ter surxido dun argueiro moral: Pedriño, por exemplo, vive sempre esperando algunha nova oportunidade que o faga rico, ao borde da penuria, sen ter que traballar moito. Castelao, que parecía crer nalgunha clase de castigo para os seus protagonistas, facíaos morrer apertados a unha bomba, como Rañolas. Onte, Pedro Puy defendeu que Rueda non sería un líder tutelado, sexa así ou non, si destaca nel a súa equidistancia co galego: a semanas de ser presidente segue comparecendo en castelán. Ducias de anos despois, Rueda é unha caricatura máis do mundo que pintou o xenio rianxeiro. –Yo soy tan gallego como tú, el gallego no lo hablo, pero lo entiendo.

Unha das dimensións máis preocupantes do futuro presidente é o seu pasado preto dos que odian a lingua. Porque o percorrido que segiu, paseando con Galicia Bilingüe baixo a beleza do barroco Compostelá, mellor puido ter sido por debaixo das pesadas lousas onde todos sabemos que hai un barro enegrecido e alquitranado que podría resumir a historia da nosa fala. Ainda que hoxe Alfonso e Gloria non sexan amigos públicos, a pesar dos anos, toda esa inmundicia acumulada e oculta, garda nas súas cabezas unha peciencia infinita, unha persistencia que vence e supera con creces os diferentes cambios que despois desa manifestación houbo no PPdeG. Pregúntome que sedimentos de odio seguirán, desdeñosos, acumulados dende fai unha década na testa do noso futuro presidente. Veñen malos tempos, así que será mellor que desfrutemos do que temos, con presidente ou sen el, porque non parece que o futuro vaia ser moi favorable a ese extraño desexo da alma dos galegos de vivir na súa lingua. –Igualiño que o meu can, o galego non o fala, pero carallo si o entende! 

Puntuación: 4 de 5.

La política municipal me adormece, y esta somnolencia proyecta su sombra sobre todo lo que pienso, por encima de mis designios y evocaciones, entre palabras y nombres, sobre lo que escribo y lo que escribiré, convirtiendo al «municipalismo» en un asunto baladí en cualquier texto de mi puño y letra. Pero cuando miré los libros de mi estantería, todo se transformó y, poco a poco, emanó de un libro que allí estaba colocado una idea.

Los más ávidos lectores se acordarán de la novela de Tolstoi, La muerte de Iván Ilich. El bueno de Ilich creía que nunca moriría hasta que llegó su funeral. Él revivió cuando miré a la estantería y a su portada, pero también me acordé de que el PP de A Coruña presentó ayer una enmienda «para que el reglamento de las escuelas infantiles se ajuste a la legalidad» y no se utilice el gallego como lengua vehicular. Entonces decidí abandonar mis credos y dedicar unos pocos caracteres a la desdichada política municipal.

Si nos detenemos unos segundos a valorar la salud de mi lengua materna, o de la que quizás sea la suya -el gallego-, enseguida nos percatamos de que corre un grave riesgo. En Europa ningún político osaría, por ejemplo, reprimir por usar la lengua de su país. Aquí pasa todo lo contrario. Bajo el omnipresente argumento de legalidad y más «bla bla blas», acuchillamos nuestra lengua. Y, mientras lo hacemos, mentimos; porque la mentira atrae al mentiroso tanto como engaña al mentido pues, como decía Charles Baudelaire, «tu mentira me embriaga, y mi alma se abreva».

Ivan Ilich un día murió mientras creía que eso nunca ocurriría. Al igual que el PP de nuestra ciudad, que piensa que el gallego nunca morirá mientras lo pone en serio riesgo. Yo, como gallego y coruñés, daría marcha atrás.


Las generaciones son abstractas, atrayentes y sugestivas: las generaciones se suceden y cada una es portadora de un estilo y una posición ante la vida. Nos referimos en este caso a la segunda generación del segundo milenio, la generación de número capicúa, que cumple este año su ansiada mayoría de edad mientras la mayor crisis sanitaria de los últimos 50 años la ha dejado aislada en su  casa. 


Es una generación rebelde, al igual que lo han sido todas. Pero esto de la rebeldía de la juventud es algo que se muerde la cola. Siempre hay un rebelde contemplativo y negativo, y otro luchador y positivo. Detrás de una “generación perdida” hay una “generación encontrada”. Esto es, precisamente, lo que sucedía en el París de los años veinte, con Hemingway de protagonista y Gertrude Stein, en la calle de las Fleurs, como notaria impasible. Ellos también tuvieron que sufrir el aislamiento provocado por una de las pandemias más mortíferas de la historia: la gripe española de 1918. 

Esbozar a una juventud es complicado, porque ellos son su contexto y características, y los demás somos el nuestro. Pero si me permiten la expresión, es una generación rápida y que reprocha, su savia regeneradora corre por todas partes y lo inunda todo. Me siento solidario con ella porque todos hemos tenido nuestro momento y ellos se van a quedar sin el suyo, sin el año más importante de su vida. La selectividad, la carrera, poder salir de fiesta, votar, ser adultos… todo se tiene que dejar de lado estos días, o estos meses. De este modo se consuma algo que hace semanas parecería ser increíble: la juventud va a tener que prescindir de su eterna rebeldía y su poderoso ímpetu para, en la época de la seguridad, vivir aislada en su casa. Un terrible virus ha decidido que esta debe ser  la generación maldita. 

Porque los jóvenes del 2002 ya  no viven al margen de todas las crisis y los problemas que oprimen al corazón pero a la vez lo ensanchan. Han dejado de estar ovillados en la seguridad, las posesiones y las comodidades para enfrentarse, conmovidos por perder su año, ante esta crisis. Ni siquiera en sus noches más negras podían soñar hasta qué punto el mundo globalizado es peligroso, pero tampoco cuánta fuerza tiene para vencer peligros y superar pruebas. Ellos, víctimas y, sin embargo, también servidores voluntarios para frenar el coronavirus. Ellos, para los que celebrar los 18 se convertirá en una leyenda y votar en un sueño fraternal, han sentido el dolor de un polo a otro y el escalofrío de las cosas eternamente nuevas hasta la última fibra de su ser. 

Pero ante esto debemos recordar: llevemos y ansiemos la vida hasta la última brecha, contra cualquier irrupción del destino. 

Puntuación: 4.5 de 5.